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Venezuela y Bielorrusia, pacto de unidad, por Andrés Mejía Vergnaud
03/08/2006

En esta columna, la cual fue publicada en medios de Venezuela, Estados Unidos y España, nuestro Director Ejecutivo Andrés Mejía Vergnaud explica cómo funciona el régimen político de Bielorrusia, alabado por Hugo Chávez en su reciente visita a ese país.

Venezuela y Bielorrusia, pacto de unidad

 

Andrés Mejía-Vergnaud*

 

El pasado 23 de julio, el presidente de Venezuela Hugo Chávez hizo una visita oficial a Bielorrusia. De acuerdo con el diario El Universal de Caracas (julio 24), Chávez declaró que el objetivo de su visita era “sellar un pacto de unidad” con el gobierno del presidente Alyaksandr Lukashenka. Sobre el gobierno de Bielorrusia y su particular modelo de organización política, dijo Chávez que este es “como el que nosotros estamos comenzando a crear, que pone por delante la satisfacción de Las necesidades del pueblo y no los intereses capitalistas” (El Universal, Julio 24).

 

Alejado como está nuestro continente de aquellas regiones de Europa oriental, pocos en América Latina tienen una idea clara de Bielorrusia, y especialmente de su gobierno. En general, solamente se sabe que es uno de los países que nació tras la desintegración de la Unión Soviética.

 

Por esta razón, conviene hacer un perfil de Bielorrusia y de su gobierno.

 

Bielorrusia está situado entre Polonia y Rusia, al sur de las repúblicas bálticas. Su capital es Minsk. Tiene algo más de diez millones de habitantes. Tras la desintegración de la Unión Soviética, Bielorrusia mantuvo un modelo político y económico centralizado de manera férrea, de modo que el país, si bien nominalmente es una república, tiene de hecho un régimen totalitario, el cual orbita alrededor de la figura de Alyaksandr Lukashenka. Este lleva el título de presidente, y lo lleva de manera tan celosa que, de acuerdo con un informe especial de la revista The Economist (marzo 18 de 2006), ha ordenado que cualquier persona que ostentase ese mismo título en cualquier organización, debe cambiarlo: sólo él puede usar el título de presidente.

 

El régimen político de Bielorrusia no es propiamente objeto de admiración en los círculos democráticos mundiales. En verdad, la única persona de quien he oído un elogio de dicho régimen es de Hugo Chávez. Ni siquiera lo ha hecho Vladimir Putin, principal aliado de Bielorrusia; el gobierno ruso maneja con cautela este tema, afirmando que tiene una amistad con el pueblo de Bielorrusia. Y la verdad es que, para alabar este régimen, habría que estar muy ciego, o estar ideológicamente muy alejado de los principios de libertad, democracia y derechos humanos.

 

En un informe de marzo de 2005, la ONG Freedom House incluyó a Bielorrusia en la lista de los “Regímenes más Represivos del Mundo”. Allí comparte honores con democracias tan abiertas y libres como Birmania, Corea del Norte, Libia, Cuba y Uzbekistán.

 

Amnistía Internacional, en su informe anual de 2006, dice que “el gobierno sigue restringiendo la libertad de expresión y de reunión. Los activistas de oposición han sido detenidos arbitrariamente, y al parecer han sido maltratados por la policía”. De hecho, este fue el panorama dentro del cual se dieron las recientes elecciones, en las cuales Lukashenka fue reelegido con más del 80% de los votos.

 

Las condiciones de imparcialidad, libertad y juego limpio de estas elecciones fueron nulas. Por todo el país, los activistas de oposición fueron perseguidos, golpeados y detenidos. Otros fueron condenados a considerables sentencias de prisión. Otros, de acuerdo con el informe de The Economist, “desaparecieron en circunstancias siniestras”. Y no hay esperanza alguna de que estos casos puedan ser investigados por una rama judicial independiente. Según el mismo informe, en Bielorrusia la justicia funciona según la “ley del teléfono” (palabras de un disidente), lo cual significa que los jueces hacen lo que les ordena el gobierno.

 

En Bielorrusia no hay libertad de prensa, y la ley castiga severamente la crítica a los funcionarios del gobierno. Amnistía Internacional ha denunciado una alarmante cantidad de casos de prisión por conciencia. Llama la atención el caso de Valerii Levonevskii y Aleksandr Vasiliev, quienes fueron condenados a dos años de prisión por publicar un poema es que se pedían libertades y se criticaba al gobierno.

 

Bielorrusia es un ejemplo claro de cómo las libertades sufren cuando el Estado domina la economía. El sector estatal constituye allí un 80% de la economía, y prácticamente cada trabajador es empleado público. Según The Economist, los contratos laborales son a un año, y cualquier signo de rebelión, o la negativa a firmar declaraciones de apoyo al presidente, causa que el empleado pueda ser despedido. No se equivocó F. A. Hayek cuando dijo que “donde el Estado es el único empleador, hacer oposición implica la muerte lenta por hambre”.

 

Lamentablemente, esta tiranía es sólo uno más de los terribles sufrimientos que ha vivido el pueblo de Bielorrusia: durante el régimen soviético, durante la Segunda Guerra Mundial, etc. Esta historia de sufrimiento parece haber ayudado a que la actual dictadura se mantenga en el poder. Un chiste popular del país, citado en el informe de The Economist, cuenta que un partisano ahorcado logra sobrevivir dos semanas colgando de la soga; cuando le preguntan cómo lo logró, responde: “simplemente me acostumbré”.

 

Director Ejecutivo del Instituto Libertad y Progreso ILP (andresmejiav@cable.net.co )

 

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