Antonio José Núñez, cofundador del Instituto Libertad y Progreso ILP, propone eliminar la restricción a los intereses conocida como "Tasa de Usura" con el fin de masificar los servicios financieros. Esta columna fue originalmente publicada en Portafolio.
¿Se justifica la tasa de usura?
Antonio José Núñez Trujillo*
En un reciente seminario sobre el sector financiero en Colombia, se propuso el desmonte de las leyes sobre usura. Éstas castigan el cobro de intereses “excesivos”. ¿Por qué suprimir estas leyes, si se supone que protegen a los deudores contra la explotación? No hay que olvidar que las leyes sobre usura son extremadamente populares. Existen incluso en los países más favorables al libre mercado, como los Estados Unidos.
Las grandes religiones y muchos de los principales filósofos de la antigüedad han condenado la usura, entendida como el cobro de cualesquiera intereses, sin importar la tasa. Según Santo Tomás de Aquino cobrar intereses por el uso de dinero era cobrar dos veces por lo mismo: una por el dinero (el reembolso del préstamo) y otra por el uso (los intereses). La antipatía hacia el préstamo a interés es parte de muchas culturas. Dante ubicó a los usureros en el anillo más profundo del séptimo círculo del infierno, el de los violentos (prestar a interés era hacer violencia a la naturaleza del dinero, en la cual no estaba el dar frutos). Cuando Dostoievski escogió la víctima de Raskolnikov en Crimen y Castigo optó por una usurera judía. Las “minorías intermediarias” (judíos, griegos y armenios en Europa oriental, chinos en el Sudeste asiático, indios en África, etc.) que actúan como conductos entre demandantes y oferentes de crédito, son frecuentemente objeto no sólo de rechazo social, sino frecuentemente de discriminación legal, persecución y a veces de genocidio.
Contra este telón de fondo, ¿por qué querría alguien proponer que se eliminen las leyes sobre usura, y se liberen las tasas de interés? Por una razón principal: estas leyes no cumplen con su objetivo de proteger a los más menesterosos contra el abuso de los fuertes. Por el contrario, aseguran que los más débiles queden excluidos del mercado legal del crédito y sometidos a tasas de interés mucho más altas que las de usura, en mercados en los que, como en la antigua Roma, un hombre responde por sus deudas no sólo con su patrimonio sino también con su libertad, su integridad personal y aún con su vida. También producen sistemas financieros subdesarrollados y generan pobreza.
La tasa de interés es la retribución por el uso del dinero en el tiempo, y está ampliamente determinada por la probabilidad de que el deudor efectivamente pague lo que debe, oportunamente y sin dificultades. Las personas que tienen mayor probabilidad de incumplir con sus obligaciones deben pagar intereses más altos. Este no es un trato discriminatorio, como no lo es cobrar prima más alta por asegurar un riesgo mayor.
Cuando la ley establece algún nivel máximo de tasa de interés, las personas cuyo riesgo de repago no les permita recibir crédito por debajo de ese nivel quedarán excluidas del mercado legal del dinero, y deberán financiarse por fuera del mismo, con amigos o conocidos o con mecanismos extralegales, como créditos disfrazados con ventas con opción de recompra (en las prenderías), o incluso con el bajo mundo. Muchos criminales actúan en negocios (como las drogas, las apuestas o la prostitución) que tienen importantes flujos de caja. Los préstamos a interés son un negocio perfecto para ellos, puesto que les permiten obtener retornos muy por encima del mercado y usar sus ventajas competitivas (la posibilidad de usar la fuerza como mecanismo de cobro).
Las leyes sobre usura históricamente han dificultado el surgimiento de mercados financieros. Por ejemplo, en Francia en el siglo XVIII no había verdaderos bancos porque la ley prohibía el cobro de intereses (los nobles y la Iglesia, que tenían grandes fortunas, prestaban a interés, pero ilegalmente, lo cual contribuyó a atizar la hoguera del resentimiento popular que terminaría por consumirlos). Es muy probable que el desarrollo económico tardío de los países católicos en Europa (y en América) se deba al menos en parte a su antipatía por el crédito y al consiguiente subdesarrollo de sus sistemas financieros.
Los mercados financieros pequeños con bajas tasas de “bancarización” (porcentaje de la población con acceso a los servicios bancarios) se caracterizan por alto margen de intermediación y elevados costos administrativos. Pero está demostrado que el desarrollo económico requiere de bancos grandes y fuertes, y de mucho crédito al sector privado. Aunque a algunos les pueda parecer increíble, los pobres no son explotados por los bancos, sino por la imposibilidad de acceder a servicios bancarios. Las leyes sobre usura son simplemente un mecanismo de control de precios, y se sabe que éstos perjudican más a aquéllos a quienes supuestamente deben favorecer y provocan escasez.
La única razón que podría legitimar las leyes de usura a pesar de sus inconvenientes es que el mercado crediticio colombiano no fuera competitivo, de modo que los bancos en ejercicio de su poder de mercado aprovecharan la libertad de precios para “exprimir” a los deudores. Pero la caída en las tasas bancarias pasivas en los últimos años sugiere que la competencia es intensa y que quien pretendiera cobrar tasas por fuera del mercado se quedaría sin clientes.
Y un argumento final: el préstamo a interés es un contrato. La prohibición de celebrar contratos entre adultos y sin efectos nocivos respecto de terceros reduce el bienestar social, y la libertad de los ciudadanos. ¿No es eso algo indeseable?
* Abogado, profesor universitario, cofundador del ILP